12 de abril de 2011

2.- Santa Lutgarda

El lugar existencial: La diócesis de Lieja en el s. XIII

          Lutgarda es una de las representantes más ilustres de lo que se ha llamado “el florecimiento cisterciense y la corriente femenina de piedad en el s. XIII” que se produjo en la diócesis de Lieja. Dicha diócesis fue de 1200 a 1250 el epicentro de vasto fenómeno religioso de piedad femenina, laica, estimulado y acogido por ciertos Obispos, al que se ha denominado “las mujeres religiosas” ( y más tarde, beguinas). Es cierto que los antecedentes de este movimiento espiritual femenino pueden rastrearse en aquellas piadosas mujeres que en el siglo anterior habían escapado, gracias a la cura pastoral de los premostatenses primero y de los cistercienses después, a los movimientos espiritualistas de renovación eclesial que habían desembocado en las herejías valdenses, albigenses o cátaras . Pero también no es menos cierto, que con el s. XIII entramos en una nueva etapa histórica, la de las libertades arrancadas al sistema feudal .

          En efecto, con el nacimiento de las ciudades y de su clase social, la burguesía, comienza un cierto trasvase del poder social , con la consiguiente demanda de libertades por la nueva clase en expansión: libertad de comercio, de franquicias comunales y, en el campo religioso, la de una cierta independencia religiosa del individuo. Estos cambios repercuten también en los ambientes femeninos. Así muchas mujeres se ven en la necesidad de adoptar una vida semirreligiosa, bien porque perteneciendo a la burguesía no tienen la suficiente alcurnia para ser admitidas, o bien porque teniendo alcurnia no tienen dote, o bien porque el flujo de vocaciones es tan vasto que los monasterios no pueden acogerlas. La aparición de esta nueva clase de mujeres espiritualmente fervorosas, que no se casaban, pero que tampoco estaban sujetas a un claustro, laicas intelectualmente preparadas, incluso para interpretar las Escrituras - papel exclusivo hasta entonces de los clérigos-, supuso la práctica una subversión del papel sociológico asignado a la mujeres de su tiempo .

          Un testimonio precioso de la espontaneidad, variedad y subversión que supuso este movimiento de las mujeres religiosas, nos lo ofrece el Cardenal Jacques de Vitry, hagiografo de la beguina María de Oignies , una de figuras alrededor de la cual se originó este movimiento en Lieja y a la que él consideraba su madre espiritual. En el prólogo de su obra nos señala el Cardenal la existencia de grupos numerosos de “santas vírgenes”, en diversos lugares; viviendo en humildad y pobreza se apegaban a su celestial Esposo, tratando de ganarse su pan con el trabajo de sus manos, aún perteneciendo a ricas familias... Las había viudas que servían al Señor con sus ayunos, oración, vigilias y el trabajo de sus manos... Las había “reclusas” habitando al costado de una iglesia, desde donde oían los oficios... Las había también casadas que servían a Dios en el matrimonio, educando a sus hijos en el deseo de Dios... Todas estas “santas mujeres” velaban por las necesidades de los santos, llevaban una intensa vida de oración, pobre y austera; atendían hospitales, socorrían a los pobres, practicaban la hospitalidad, se dedicaban a las obras de misericordia...

          A tenor de la calidad espiritual de sus vidas resulta natural que gozaran de la admiración y de las simpatías de sus contemporáneos. Y aquí merecen especial mención dos abadías cistercienses la de Villers y Aulne, que las acogen, apoyan y defienden, y que no dejaran de introducir con su cura pastoral temas doctrinales cistercienses (Bernardo y Guillermo), en la vida interior de sus dirigidas . Sin embargo, es normal, también, que la subversión carismática que en ellas afloraba, despertase recelos y se tratase de encauzar en moldes sociales y religiosos más asequibles; para ello se procuraba dirigir estos grupos anárquicos hacia su constitución en beguinatos o hacia una orden cisterciense en plena expansión. Consecuencia de ello fue la proliferación de beguinatos (15) y de abadías cistercienses femeninas (24), con abundantes y mutuos influjos espirituales, frente al estancamiento de las benedictinas .

         En cuanto a los temas más significativos de piedad hay que señalar que su doctrina mística es ante todo producto de su experiencia espiritual. Su mística es la mística del amor afectivo (¡) (Minnemystyk) hacia en Verbo encarnado, hacia Cristo en su humanidad, especialmente considerada en los misterios de su Infancia y de su Pasión, como medio más inmediato para llegar a unión con Dios, cuya esencia es amor. Mística del amor que se desarrolló a raíz del impulso de san Bernardo y de Guillermo de Saint Thierry, y que cristaliza en la forma de “unión esponsal” del alma con Cristo. Cuyo último fin es transcenderse y fundirse en Dios en una unión sin intermediarios. Todo ello unido con una devoción sensible hacia el culto Eucarístico, a una tierna devoción a la Virgen y a algunos Santos. Con un pronunciado gusto por la comunicación de gracias sobrenaturales sensibles (apariciones, visiones de Cristo niño, joven, crucificado, eucarístico, de la Virgen, de los Santos); y por los fenómenos maravillosos ( predicciones, curaciones, mensajes del más allá). Amén de un vivo interés por las iluminaciones interpretativas de la Sagrada Escritura. Así como por una osada libertad de espíritu en una vida pobre, humilde y ascética.

El itinerario espiritual

         Este cuadro epocal se hace contexto mediático próximo en la vida de santa Lutgarda. Según nos cuenta su hagiógrafo nace Lutgarda en Tongres, cerca de Lieja, en 1182. Hija de padre burgués y madre noble. Destinada por su padre al matrimonio, se preocupa de dotarla convenientemente; pero un mala inversión mercantil, hace que su dote se esfume . Su madre decide entonces su ingreso en las benedictinas de Saint- Trond . Contaba Lutgarda 12 años. Recibe su educación en la lengua del país (el thiois, neerlandés medio). No conoce el latín por lo que ella misma se considera “rústica, iletrada y laica” . Cuatro años más tarde (1198) emite su profesión y más tarde, entre 1200-1206, la consagración de vírgenes . En 1205, contando 23 años, es elegida priora . Aspirando a una vida de “mayor perfección”, un año más tarde (1206), Lutgarda decide ingresar en el monasterio cisterciense de Herkenrode . Sin embargo, su confesor, la voz del Señor y el consejo de la beguina Cristina de Brustem , la encaminan a reunirse con un grupo de “mujeres religiosas” que deseaban ingresar en la orden cisterciense y que vivían en la villa de Awirs. Y “como no era difícil persuadir a Lutgarda cuando se le mostraba una vía de mayor perfección” , Lutgarda se une a ellas a pesar de desconocer su lengua. Contaba 24 años . En 1210 el grupo de Awirs recibe su incorporación jurídica a la Orden del Cister. Lutgarda sigue a su comunidad obligada a sucesivos emplazamientos, pero siempre bajo la denominación de Nuestra Señora d’Aywières. Gozó de una merecida fama espiritual en vida. Y murió, tal como ella misma había predicho , el 16 de Junio de 1246, a los 64 años .

La etapa de la conversión moral

         Hemos señalado ya que Lutgarda ingresa en Santa Catalina de Saint- Trond porque, ante la pérdida de su dote, su madre no ve mejor salida, premonitoria para su biógrafo , que la de destinar a su hija a ser “Esposa de Cristo”. No parece, sin embargo, que este fuese el pensamiento de la hija. Es cierto que era una persona “modesta y ordenada” y que sentía “cierto atractivo por el Señor” . Pero escuchaba también con agrado los requiebros amorosos de juveniles galanes. Es durante uno de estos escarceos amorosos cuando recibe su primera visión. Cristo, en su humanidad crucificada, le muestra la herida ensangrentada de su costado y le reclama su amor exclusivo:

          Estaba conversando con un joven, cuando Cristo se le apareció bajo forma humana, la misma que tenía cuando trataba con los hombres, y apartando la ropa le mostró la llaga ensangrentada de su costado y le dijo: no busques más las dulzuras de amores vanos (inepti amoris): mira aquí y contempla lo que debes amar y cómo debes amar: y te prometo las delicias más puras .

         Lutgarda conmovida “recoge con los ojos del corazón todo lo que había visto y contempla pertinaz la puerta del arca simbólica del cuerpo de Cristo, como paloma pensativa en la ventana por donde entra la luz del sol” . Tras esto, Lutgarda cambia, se entrega toda entera al Señor, rechazando todo amor mundano. Su biógrafo, entonces, la compara por primera vez con santa Inés, la joven virgen y mártir que simboliza el matrimonio místico con Cristo. Y Lutgarda , por el amor que le une con Cristo, es iluminada con un resplandor interior, que se le transparenta incluso en su cara .

         Esta conversión interior se manifiesta también en su vida exterior. Un día que volvía de visitar a su hermana, sufre un intento de rapto. Logra evitarlo y cuando volvía a la ciudad siente la humillación de saberse observada por los que estaban al tanto de lo sucedido. Desde su humillación eleva a Dios una preciosa oración en la que une su humillación a la humillación de Cristo en su pasión .

         A partir de este episodio, Lutgarda se separa un poco de su entorno, “abandona toda conversación y consolación humana, para desear sólo las cosas del cielo . Comienza a llevar vida más austera y ejemplar que sus compañeras , lo que le vale mofas sobre su pretendida santidad (“volverá a ser quien fue” ). Dudando de su capacidad de perseverancia es reconfortada por la Virgen. Y se le concede el don de poder unir acción y contemplación. Por una parte, una íntima familiaridad con Cristo (cuando tiene que ocuparse de otros asuntos, le dice al Señor: “Espérame , vuelvo enseguida” ); por otra, un carisma de acogida universal del prójimo necesitado. Cura a enfermos, y es asediada por una multitud de gente que la acosan hasta impedirle la oración .

         Y aquí el biógrafo nos comienza a mostrar como un cierto desfase. Por una parte Lutgarda se sabe respondiendo, con la generosidad de su vida entregada, a la llamada del Señor. Pero, por otra, siente que su actividad la aleja de su vocación profunda, estar con Cristo. Un si, pero no. Siente como si le faltase “el calor de la devoción”. En este desfase, piensa que el problema reside en que no entiende el significado de lo que reza en el coro, y le pide al Señor: “Quiero que para mejor devoción, comprenda mejor el salterio con el que oro” . Pero el Señor no responde.

         Nos encontramos aquí un momento de “ruptura de plano”. ¿ Qué está pidiendo Lutgarda ?. ¿ El don de lenguas para conocer el latín en el que rezaba?. ¿O más bien nos está mostrando que en la vida espiritual hay un momento en que “no se trata de querer o de correr; sino de que Dios tenga misericordia” ?. Un momento en el que Dios introduce creyente en “otro plano” mediante la eclosión de la conciencia intuitiva en la experiencia del núcleo de la realidad.

La etapa de la conversión afectiva

        “¿ Que me importa a mi, ignorante, inculta y monja laica conocer los secretos de la Escritura?”. El Señor le responde: “¿Qué quieres?”. Ella le dice: “Quiero tu corazón”. Y Él le responde: “Y yo todo lo que quiero y deseo, es el tuyo”. “Que así sea Señor, derrama tu corazón en el mío y que posea en ti mi corazón, en la seguridad de tu apoyo”. Y se produjo la comunicación de corazones .

        Si somos capaces de mirar este episodio sin espíritu de sospecha, recordando su antecedente bíblico , nos encontramos ante a una escena conmovedora. Lutgarda nos cuenta con la sencillez de lo experimentado, la unión mística con Cristo. El amor de Cristo en el corazón de Lutgarda y el corazón de Lutgarda en el corazón de Cristo. Ahora bien, no caigamos fácilmente en trampas sensibleras. Cuando Lutgarda pide el corazón de Cristo, no tiene ante sí ese “Sagrado Corazón, lugar del deseo, de la voluntad y del amor” que popularizarán más tarde Margarita Mª de Alacoque y los jesuitas; sino “el corazón traspasado por la lanza” síntesis de la Pasión de Cristo . Para Lutgarda el corazón traspasado es el momento más real del amor de Dios para el hombre. Y, por lo tanto, el momento más real del amor del hombre hacia Cristo es la com-pasión con su corazón.

         Desde esta óptica hay que entender también la conocida visión de Lutgarda del abrazo con Cristo ( el amplexus ).

         Una noche, al tiempo de los maitines, sufre una indisposición con abundante sudor. Resuelve no ir a maitines, para recuperar fuerzas para servir mejor al Señor. Sin embargo, oye una voz que la llama: “Levántate enseguida...Tienes que hacer penitencia por los pecadores que yacen en sus miserias y no debes ceder a ese malestar”. Se levantó inmediatamente, asustada por la voz, y cuando se dirigía a la iglesia, en la puerta, sale a su encuentro Cristo Crucificado cubierto de sangre, y desprendiendo un brazo de la cruz, la abraza y le coloca su boca sobre la herida de su costado derecho. Y fue tal su dulzura que desde entonces se encontraba cada vez más fuerte y con más ardor en el servicio de Dios” .

         Estamos ante una nueva etapa de la unión de Lutgarda con Cristo: se completa la unión espiritual con la identificación con el Crucificado; el abrazo nupcial en el que Lutgarda, como la esposa del Cantar , encuentra todas sus dulzuras. Lutgarda se ha unido para siempre al amor redentor que mana del corazón de Cristo .

         Por último, y como corona de su itinerario místico, su biógrafo nos narra “la visión del águila”, por la que Cristo desde su corazón introduce a Lutgarda en el conocimiento trinitario:

         “Estando con fiebre en el lecho, se levanta para ir al coro a cantar el Oficio con la comunidad. Se le aparece S. Juan Evangelista, que en la última Cena había posado su cabeza en el pecho sacro del Señor, bajo el aspecto de un águila de brillantes plumas iluminado el universo. Y posando su pico en la boca de Lutgarda la ilumina sobre las cosas divinas”

         A partir de estas consideraciones emocionales afectivas de la Pasión de Cristo, hechas experiencias místicas y devoción eucarística , selladas con su Consagración Virginal con la que quiere unirse perfectamente a Cristo hombre y Dios , la vida de Lutgarda, va a ser durante sus cuarenta años de camino monástico, una continua y cada vez mayor identificación con el Cristo de la Pasión. Compartir sus padecimientos, tal como pide san Benito , se convertirá en la misión de su vida , y la llevará a un ardiente deseo del martirio. Deseo que la inflama de tal forma que, no sólo se deshace en lágrimas cotidianas por los pecadores y en ayunos prolongados ; sino que llega hasta romperle una vena cerca del corazón, igualando con esta efusión de su sangre, ya no solo a la Inés esposa; sino también a la Inés mártir .
La mística de Lutgarda es, pues, una mística martirial y, sin embargo, gozosa en la contemplación de Jesús Crucificado, porque ha comprendido que “en esto consiste el amor..(en que) Dios envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” . El corazón traspasado de Cristo se le revela como el lugar señero del amor de Dios . Y por eso, la mística de Lutgarda es también una mística apasionada y esponsal. Porque ha sido asociada como esposa al amor redentor de su Esposo por la humanidad. Para Lutgarda aprender a amar fue inseparable a verse atrapada en el misterio de la redención de la humanidad por Cristo. La que comenzó rechazando el amor mundano y pidiendo en su corazón el amor de Cristo, se emborrachó de su amor en la llaga de su costado.



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