13 de septiembre de 2016

Un reflejo de la Pureza y Belleza de Dios





San Gregorio de Nisa y su  
Tratado sobre la Virginidad
 
 INTRODUCCIÓN

San Gregorio de Nisa es uno de los grandes padres y doctores capadocios de la Iglesia del siglo IV, junto con San Basilio, su hermano, y San Gregorio Nacianceno. Un hombre profundo, de inteligencia despierta, que supo estar abierto a la cultura de su tiempo. Y porque su teología no es una mera reflexión teológica, sino la manifestación de una vida espiritual, de una vida de fe vivida[1], creo que también hoy tiene mucho que decirnos y enseñar a nuestro mundo moderno, que intenta vivir al margen de Dios y de las cosas de Dios. Pues de su mano descubrimos el camino que debemos emprender para alcanzar la verdadera vida, una vida vivida en el encuentro con Dios. Ya que solo alcanzamos nuestra verdadera grandeza si Dios está presente en nosotros, en nuestras vidas[2]. Porque solo cuando nos encontramos con Cristo comienza realmente la vida.

Entre sus muchos escritos encontramos su Tratado sobre la virginidad, que a pesar de ser un escrito del año 371, dirigido a los jóvenes de entonces, con el fin de inspirarles el deseo de la vida virtuosa abrazando la vida virginal[3], es también de actualidad para nuestros días. Por eso, lo he elegido como tema de este trabajo, con el que quisiera mostrar a nuestra cultura actual, la grandeza y la novedad de este nuevo estilo de vida. Vivimos en una cultura que  toma el placer como criterio y no estima que exista otro bien que lo que puede sentirse con el cuerpo. Una cultura en la que la virginidad no ocupa un lugar destacado, pues se piensa que es un estilo de vida que ya no se lleva, que está pasado de moda, incluso se oye decir que va “contra natura”. Y sin embargo, nada más contrario que esto, pues para quienes hemos consagrado nuestra vida por entero a Dios, encontramos en ella la belleza y el gozo de dar todo al Señor, en cuerpo y alma, “contando con su gracia, que nos inspira, nos sostiene y acompaña siempre”[4].

VIRGINIDAD: REFLEJO DE LA BELLEZA Y PUREZA DE DIOS

San Gregorio de Nisa es insigne por su doctrina espiritual. Muchos de sus escritos dejan translucir una concepción muy elevada y bella del hombre, nada de lo que existe es tan grande que pueda ser comparado a su grandeza y dignidad. Somos reflejo de la belleza y pureza original que es Dios, reflejo de la luz divina[5]. Porque hemos sido creados por Dios a su imagen y semejanza[6]. Somos obra e imagen de la naturaleza divina y pura[7]. Y esto “no es obra nuestra, ni conquista de poder humano − nos dirá San Gregorio −, sino que es un gran don de Dios, que desde el primer origen nos otorgó graciosamente”[8]. Por tanto, tenemos una profunda y esencial vocación de pureza, una vocación de luz. Estamos hechos para el conocimiento y el amor de un Dios que lo trasciende todo, por lo que debemos purificarnos de todo lo que pueda empañar esta imagen divina en nosotros, para llegar a su contemplación[9]. Porque solo los limpios y puros de corazón verán a Dios[10].

Así, nuestra plena realización consiste en la santidad, en una vida virtuosa vivida en Dios, vivida en su luz, en el encuentro con Él en el amor, de modo que brille y resplandezca siempre en nuestra alma y en todos nuestros actos, la belleza y pureza divinas. Para que nuestra vida sea luminosa también para los demás, para el mundo[11]. Y así, viendo nuestras buenas obras puedan dar gloria al Padre que está en los cielos. Porque somos la luz del mundo, nos dice el Señor. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa[12]. Para que todos puedan descubrir el atractivo de la belleza divina.

Por eso, San Gregorio, que sabe muy bien que estamos de paso en este mundo, nos invita a abrazar la vida en virginidad, como un nuevo camino de ascenso espiritual, que nos orienta hacia la verdadera Belleza, conduciéndonos al descubrimiento del Bien, e invitándonos a mirar la vida desde arriba, como extranjera y pasajera, recorriéndola mirando únicamente al cielo, para poner todo nuestro amor solo en la vida divina, puesto que nada  perteneciente a este mundo permanece para siempre[13].
Nos presenta la vida en virginidad como puerta y camino de un nuevo estilo de vida que, superando la vida común, nos acerca a la vida de Dios[14]. Comporta una pureza total del alma, es la continencia perfecta, que no solo hace referencia a la simple continencia de la carne, es decir, al cuerpo y a la castidad, aunque ocupen un lugar de singular importancia, por ser una ayuda que facilita la contemplación, la unión con Dios, sino que es un género de vida que abarca mucho más, todos los aspectos de la vida[15]. La virginidad nos abre nuevos horizontes, haciéndonos capaces de bienes mayores y más elevados, apartándonos de los afanes de nuestro mundo, para hacer más fácil la entrega con tranquilidad, a una vida virtuosa, a una vida más divina[16], ayudándonos a discernir lo que es verdaderamente útil, noble y bueno, para alcanzar y no perder el fin sublime de nuestra vocación: ser como Cristo, en Quien cada virtud alcanza la perfección, y a Quien queremos amar con toda nuestra vida.

VIRGINIDAD, DON Y GRACIA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

San Gregorio destaca la grandeza de la virginidad remitiéndonos a su carácter de don divino, pues “solo se da en quienes la gracia de Dios ayuda a conseguir este buen deseo” [17], por lo tanto, es un don que Dios nos regala y con el que nos da su gracia para poder vivirlo según el querer divino.

Y es en la Vida Trinitaria donde encontramos el modelo de la virginidad. Por paradójico que sea, nos explica San Gregorio, lo que da sentido a la virginidad cristiana es el Misterio de la generación eterna de la Trinidad[18]. La virginidad humana es así, reflejo de la pureza y la fecundidad divina[19]. Serán Cristo y su Madre quienes introducen la virginidad en el mundo de un modo nuevo[20]. Pues en el Misterio de la Encarnación se nos muestra que solo la pureza es capaz de acoger la manifestación y venida de Dios. Por lo que en la medida en que abrazamos la virginidad nos vamos uniendo a este gran Misterio. Y así, nos lo afirma San Gregorio cuando nos dice que lo que aconteció corporalmente en la Inmaculada María esto mismo acontece en cada alma que guarda la virginidad: Cristo viene a habitar en ella espiritualmente[21], dándole su misma Vida para que, a su vez, dé frutos de vida.

LA VIRGINIDAD EN MI EXPERIENCIA DEL SEGUIMIENTO DE CRISTO
EN LA VIDA MONÁSTICA

La virginidad es dejarse seducir por la mirada llena de amor de Cristo, que un día nos llama a seguirlo, y a estar con Él. Nos invita a emprender una nueva aventura, hacia una tierra nueva[22]. A dejar que su Palabra dé forma a nuestro corazón, a toda nuestra vida, que será vida verdadera conforme vayamos dejándonos configurar por Dios. De forma que podamos decir con el salmista: El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad[23].

Nuestra vida monástica, como don recibido de Dios, quiere ser así, reflejo y expresión de un canto enamorado a la búsqueda y alabanza de Dios. Con el deseo de la entrega incondicional de toda la vida, que ponemos en sus manos. Y que vamos haciendo vida y experiencia, sostenidos por la gracia divina, conforme progresamos en la vida monástica y en la fe. En la que siempre estamos en camino, en una continua disponibilidad para seguir adelante, para abrir el corazón al don que se renueva cada día, tendiendo hacia lo que es más grande, hacia la verdad y el amor en la búsqueda de Dios, imitando a Cristo, sin anteponer nada a su amor[24].  Empezando siempre de nuevo, a pesar de nuestras debilidades y caídas, perseverando en la conversatio morum y aprendiendo que la fidelidad brota de lo más íntimo y profundo del corazón, de un corazón puro y casto, de un corazón enamorado, ensanchado y colmado sin cesar por la dulzura de un amor inefable[25], el amor de Dios, que va formando en nosotros a Cristo. Un amor que se desborda y se irradia, brillando en todos nuestros actos, en nuestra mirada, en nuestros gestos y palabras. Para que nuestra vida monástica como perfume derramado a los pies de Jesús, pueda llenar con su fragancia a todo el mundo[26],  haciendo visibles las maravillas que Dios realiza en nosotros a pesar de nuestra debilidad y fragilidad.

CONCLUSIÓN

Dejémonos cautivar y sorprender por Cristo y vivamos nuestra vida de fe y amor a Él con nuevo gozo. El gozo que da un corazón limpio y puro, lleno de Dios. Nuestro mundo no espera muchas palabras, pero sí quiere ver la novedad, la belleza, y el entusiasmo de una vida enamorada, vivida en Dios y para Dios, que desde el silencio y la soledad del claustro, se hace fecunda en su entrega de amor total hacia Dios y hacia los hermanos.
  
Sor Eva María Campo Reguillo
Monasterio de San Benito
Talavera de la Reina

   
BIBLIOGRAFÍA

A. Scarnera, Apuntes CFM 2014.
Benedicto XVI, Audiencia general, 29 de agosto de 2007, en Los Padres de la Iglesia, Ciudad Nueva, Madrid 2010.
._ Audiencia general, 5 de Septiembre de 2007, en Los Padres de la Iglesia, Ciudad Nueva, Madrid 2010.
REGLA DE SAN BENITO, BAC, Madrid 2010.
San Gregorio de Nisa, La virginidad, Biblioteca de Patrística 49, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 2000.
SAGRADA BIBLIA, BAC, Madrid 2011.



[1] Cf. Benedicto XVI, Audiencia general, 29 de agosto de 2007, en Los Padres de la Iglesia, Ciudad Nueva, Madrid 2010, pp. 119-121.
[2] Ibid., p. 124.
[3] Cf. San Gregorio de Nisa, La virginidad, Introducción, Biblioteca de Patrística 49, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 2000, pp. 16-18.
[4] E. Pablo, Alocución capitular, Monasterio de San Benito, Talavera de la Reina, Agosto de 2014.
[5] Cf. Benedicto XVI, Audiencia general, 29 de agosto de 2007, en Los Padres de la Iglesia, Ciudad Nueva, Madrid 2010, pp. 122-123.
[6] Cf. Gén 1,27.
[7] San Gregorio de Nisa, La virginidad, Introducción, Biblioteca de Patrística 49, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 2000, p. 24.
[8] Ibid., XII, 3, p. 107.
[9] Cf. Ibid., Introducción, pp. 21-24.
[10] Mt 5,8.
[11] Cf. Benedicto XVI, Audiencia general, 29 de agosto de 2007, en Los Padres de la Iglesia, Ciudad Nueva, Madrid 2010, pp. 123-124.
[12] Cf. Mt 5,14-16.
[13] Cf. San Gregorio de Nisa, La virginidad, IV, 4; XI, 4, Biblioteca de Patrística 49, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 2000, pp. 67-68; 97-98.
[14] Cf. A. Scarnera, Apuntes CFM 2014.
[15] Cf. San Gregorio de Nisa, La virginidad, Introducción, Biblioteca de Patrística 49, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 2000, pp. 19-22.
[16] Cf. Ibid., Prólogo, 1, p. 36.
[17] Ibid., I, 1, p. 41.
[18] Cf. A. Scarnera, Apuntes CFM 2014.
[19] Cf. San Gregorio de Nisa, La virginidad, II, 1-2, Biblioteca de Patrística 49, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 2000, pp. 44-47.
[20] Cf. A. Scarnera, Apuntes CFM 2014.
[21] Cf. San Gregorio de Nisa, La virginidad, II, 2, Biblioteca de Patrística 49, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 2000, p. 46.
[22] Cf. Gn 12,1
[23] Sal 15,5-6.
[24] RB 4,21.
[25] Cf. RB Pról. 49.
[26] Cf. Jn 12,1-8.